Ví venir a Claudio hacía mi; dió tres breves pasos y me empujó.
Lo ví alejarse inmóvil junto con el balcón, había en sus ojos tanta furia como incredulidad. Sólo lo veía a él en el balcón delante de una estrellada y luminosa noche.
Hacía mucho calor esa noche, un calor de esos pesados, espesos, de Buenos Aires. Creía que esos calores podían doblegar incluso a la fuerza de la gravedad, pero indudablemente estaba cayendo. Y estaba cayendo al vacío.
Estaba (evidentemente ya no) en un noveno piso. En el departamento de Griselda y Claudio, en el barrio de Almagro. Acabábamos de cenar; una cena tensa, desagradable, que nadie deseaba. Con charlas vacías, forzadas por la necesidad de un lado y la incomodidad del otro. Llena de silencios cortantes, mortales.
¿Era por plata? Ahora no lo recuerdo.
Griselda y yo habíamos tenido una historia. Reciente. Una vez, un error, tal vez condicionado.
No sé si Claudio lo sabía. No había dado ningún tipo de señal, nada que me hiciera sospechar.
¿Lo sabía? No lo sé. Realmente no importaba.
El hecho es que me empujó. Lo ví venir, pero no reaccioné.
¿Por qué no reaccioné? Siempre fui de reflejos muy rápidos para las agresiones, o para las posibles agresiones...
No lo sé; lo que si sé es que cuando un tipo me empujó de un balcón en un noveno piso no reaccioné.
Y ahora caía. Caía muy rápido. Pero el tiempo parecía estático. Era conciente de la velocidad con la que estaba cayendo, pero al mismo tiempo no sentía ningún movimiento.
Sería el shock del saber. De saber que ya todo había terminado, que sólo había un ahora y no habría mas mañana, o dentro de un rato. Era el final del camino, y este camino terminaba en la vereda de la Avenida Hipólito Yrigoyen al 4100.
No sé si toda mi vida, pero si ví imágenes de distintos momentos mientras caía. No pienso enumerarlos, pero irónicamente esta sucesión se detuvo en Griselda. En esa tarde que pasamos juntos, en ese llamado que respondí la noche anterior en el que me pidió vernos al día siguiente, en mi sorpresa inicial frente a su actitud aquella tarde, en el aroma de su piel, en el sabor que su cuerpo grabó en mi boca, en los gemidos, los susurros, en lo dicho, en lo callado. En el deseo contenido durante años finalmente desatado.
Deseo del cuál, sinceramente, ni siquiera era conciente. Nos conocíamos desde hacía como diez años, y jamás la había mirado como a una mujer. Y no porque fuera la mujer de un amigo, eso no tenía nada que ver. Simplemente nunca la había mirado.
Pero cuando llegué esa tarde a su casa algo explotó en mi interior, un deseo contenido e ignorado, y de una magnitud insospechada.
Pero fue un momento, así como se encendió se extinguió.
Había dinero en el medio, pero ¿era por eso? No lo creo.
El balcón se seguía alejando desde su inmovilidad, Claudio aún me miraba; Griselda estaba a su lado. Me pareció ver que lloraba.
¿Por qué ahora? Soy joven, pensé.
¿No merezco una segunda oportunidad?
Ví venir a Claudio hacía mi; dió tres breves pasos y me empujó.
Lo ví alejarse inmóvil junto con el balcón, había en sus ojos tanta furia como incredulidad. Sólo lo veía a él en el balcón delante de una estrellada y luminosa noche.