lunes, 23 de junio de 2008

Lembranzas

Aún conservo unos pocos cuentos de un viejo amigo que un día desapareció. Un día simplemente se fue y nadie mas volvió a saber de él. Ni sus amigos (y me cuento entre los mas cercanos), ni su familia. Nadie. Sólo se fue.
Están por cumplirse once años desde aquél día, y creo que eso me hizo ponerme a revolver viejos papeles otra vez...
No creo que nunca nadie entienda que pasó, incluso si algún día reaparece, no creo que haya explicación posible. Y no creo que importe ya. Al menos no a mi.
Quedan los recuerdos, aquellas reuniones (por lo general nada culturales), en las que de vez en cuando surgían ideas, historias, como por ejemplo la del cuento anterior, uno de los pocos suyos que conservo.
Así que, en una especie de pobre homenaje a la memoria de aquellos días, lo publico acá. Por los viejos días del grupo, para vos Ernesto.

El Hombre Veloz

Hubo una vez un hombre que vivió toda su vida apurado.
Nació con sólo dos semanas de gestación; al día ya sabía leer y escribir, además de hablar por supuesto. Hizo la primaria en dos semanas, el secundario también en quince días y se recibió de abogado en veintiuno.
Se casó a los tres meses de haber nacido. Su mujer quedó embarazada antes de darse cuenta. Pero ella no estaba apurada, ni tampoco el hijo. Él no pudo entenderlo y se divorció. Todo esto en un día.
Ganó muchos casos importantes en muy poco tiempo. Todos sus colegas lo envidiaban por su velocidad, era demasiado veloz y astuto para ellos. Se hizo considerablemente rico en muy poco tiempo.
A los tres meses se retiró de la profesión por cuestiones de salud. Vivió unas dos semanas en su campo disfrutando de la tranquilidad lograda con su arduo trabajo; al menos de la tranquilidad de aquellos que ya no tienen preocupaciones materiales, y murió.
Su entierro fue veloz, doy fe de ello ya que asistí, duró sólo dos minutos.