domingo, 30 de enero de 2011

La espera VIII

Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había mirado el reloj. Fue al teléfono para llamar otra vez; lo agarró y marcó de memoria, era la cuarta vez que llamaba en el día.
Cortó antes de que atendieran, en su última llamada había discutido muy mal con una tal Sabrina. No tenía ganas de discutir mas.
Faltaba una hora y cuarto para la hora del cumpleaños. Creo que no exagero al decir que estaba un poco mas que histérica. En la tarjeta había aclarado y recalcado, casi exigido, la puntualidad. Era a las 17, no a las 16 o a las 18, a las 17. Por favor. De verdad por favor.
En la semana había estado demasiado ocupada. Que el trabajo, que el colegio, que los cursos. Que dos cumpleaños a los que había tenido que llevar al nene.
De lunes a viernes, y especialmente a esta altura del mes, vivían al día, compraban lo justo y necesario, especialmente porque no sobraba el tiempo. Por eso tenía programado el sábado desde las 8 de la mañana.
A las nueve de la mañana estaba entrando al supermercado. Uno de esos grandes, para comprar todo lo que necesitaban para el cumpleaños. Era algo así como una compra quincenal, pero lo urgente era lo del cumpleaños.
Había calculado tardar una hora y quince minutos; y rezaba para encontrar una caja libre. Por el horario lo creía posible.
Tuvo suerte en la caja, la número catorce tenía una sola persona. Ahí hizo bastante rápido. Pero sólo en la caja, porque había tardado mas de lo que esperaba en la compra. Salió del supermercado a las once y diez. Se llevó un par de bolsas con productos congelados, y todo el resto lo dejó para que le hicieran el envío a su casa. "Máximo cuatro horas. Sin falta. Es un compromiso de la empresa". Eso le habían dicho una de las veces que había llamado.
Eran las cuatro cuarenta de la tarde.
Por suerte los invitados parecían haber entendido el pedido de puntualidad. Ahora le gustaría que llegaran mas bien un poco tarde. No se enojaría por eso.
A las cuatro cuarenta y ocho sonó el timbre. Voló a atender, no quería ni pensar, no quería adelantarse.
"¿Quién es?", preguntó casi con miedo. "Coto", le respondió una voz cualquiera. "¡Ya bajo!", gritó ya fuera de sí.
Largó un suspiro violento, que parecía haber estado contenido bajo un peso titánico. Le avisó a su hijo que bajaba a buscar el pedido, y salió corriendo. Fue hasta el ascensor. Lo llamó tres veces seguidas. Nada. Volvió a llamar. Nada. Volvió corriendo y empezó a bajar las escaleras. Nueve pisos no eran nada, los bajaba regularmente de un tirón.
Al llegar al palier lo primero que vió fue al muchacho del supermercado con el carrito y la pila de cajones, seis, uno encastrado sobre otro, con su compra. Lo segundo fue al encargado del edificio poniendo un cartelito en la puerta del ascensor que iba a su piso que decía "Fuera de servicio". Y lo tercero fue a tres compañeros de Franco, con sus tres mamás justo a punto de tocarle el timbre.
Se puso pálida.

sábado, 29 de enero de 2011

¿Oyes al viento soplar?

Fabián no podía dejar de mirarlo. Tenía los ojos clavados en él. Pero él no se movía.
El flaco ese no se movía. Claudio le había partido una botella en la cabeza, y ahora estaba ahí tirado, y no se movía. Una botella de cerveza. Quilmes. La habían comprado dos cuadras atrás. Todavía le quedaba un poco cuando Claudio la hizo estallar en esa cabeza. Y ahora lo poco que quedaba se mezclaba con la sangre que salía de la cabeza.
Salía bastante. En el piso ya había mas sangre que cerveza; islas cristalinas que poco a poco desaparecían frente a esa marea roja que parecía desesperada por absorberlas.
La etiqueta de la botella se le había quedado pegada en la mejilla izquierda. Estaba al revés, entera, sin una marca. No entendía cómo había llegado ahí. Cómo no se había roto con la botella. Parecía que siempre hubiera estado ahí. En esa mejilla. Se acordó de la vez que en medio de una discusión su hermano Manuel le había tirado con un vaso de vidrio. ¿Por qué se acordaba de eso?
Se estaban gritando por alguna estupidez y en un rapto de furia Manuel había agarrado un vaso de la mesa (uno de esos vasos largos, de los que usaban para el Fernet) y se lo había tirado a la cabeza. En un principio no recuerda haber sentido nada, estaba tan enojado que ni siquiera había sentido el golpe. Y a esa altura de la noche y de las botellas ya no tenía los reflejos para esquivar nada. Recién notó que pasaba algo extraño cuando el ojo derecho se le empezó a teñir de rojo; su ojo izquierdo no había sufrido cambios, pero por el derecho veía todo rojo. Terminó de reaccionar al pasarse la mano por el ojo. Y al ver a su hermano, que aún estaba parado del otro lado de la mesa, con su ojo izquierdo lo notó un poco pálido. Tres puntos en la ceja derecha. Nada grave.
Desde ese día, a veces, aún hoy cinco años después, siente que su ojo derecho vuelve a teñirse de rojo. Esa sensación de un mundo rojizo le quedó grabada en el cuerpo.
Sin embargo en el piso la sangre parecía casi negra. Le seguía saliendo de la cabeza. Desde el parietal izquierdo. Tenía la cabeza abierta, se veía a simple vista. Seguía sin moverse. Tenía puesta una remera negra de Led Zeppelin. En la espalda (que es lo que ahora podía ver) tenía la letra de una canción. Comenzó a leerla y se detuvo en el mismo punto de siempre. “There's a feeling I get when I look to the west”.
“Tiene el oeste en su espalda”, pensó. “Igual que yo”. Era el origen, el lugar de partida. ¿Lo sería también para él?
Claudio seguía con media botella en la mano. Estaba rota, rajada, y de la mano le chorreaba su sangre. Era del mismo color que la del tipo que estaba tirado. Era del mismo color que la suya. Pero Claudio no lo miraba al flaco en el piso, se miraba la mano. Y repetía “mierda” una y otra vez. Cómo si esa fuera la única palabra que le quedara. Nunca había sabido demasiadas, hay que reconocerlo, pero ahora sólo le quedaba una. No es lo mismo olvidar que perder. Y Fabián estaba seguro que Claudio las había perdido.
Al tipo tirado se la había salido una zapatilla, tenía unas Topper de lona, rojas, muy gastadas, pero sólo tenía puesta la del pie izquierdo. La otra se encontraba sobre el techo del auto que estaba estacionado en la calle, frente a ellos. La zapatilla estaba a dos metros de su pie. Parecía estar observando la escena. De frente, con los cordones atados, con un nudo y un moño bastante prolijos. Parecía que los observaba con los brazos cruzados. No entendía cómo había llegado ahí. ¿Cómo se le había salido del pie estando atada? No tenía la menor idea, pero estaba arriba del techo del auto, y sin duda esa zapatilla era de ese pie.
El tipo seguía quieto. Tenía un anillo en el dedo anular de la mano izquierda. ¿Tendría hijos?
Gabriel intentó revisarle los bolsillos del pantalón, pero Claudio lo corrió de un grito. “¡Mierda!”, gritó levantando la mano ensangrentada. Gabriel dijo que era para ver quién era, para llamar una ambulancia, pero no insistió.
Nadie se acercó a ellos. No había nadie en la calle. Ni un alma.
Un gato salió de debajo del auto de la zapatilla. Un gato pardo, de ojos brillantes y astutos. Se detuvo y los miró. A todos y de a uno por vez. Cuando lo miró a los ojos Fabián creyó que se desmayaba. Lo miró como nunca nadie lo había mirado jamás. Sintió la mirada como un golpe; lo sintió en la ceja derecha. Cerró el ojo por reflejo, y al re abrirlo medio mundo se le había vuelto rojo. Rojo sangre. Sacudió su cabeza, como tratando de sacarse de encima algo, al tiempo que Claudio echaba al gato de un grito.
El rojo desapareció. El suyo, porque el del piso seguía ahí; y cada vez mas negro.
Ya no recordaba que hacían ahí. ¿Por qué estaba ahí y no en su casa con su familia? ¿Por qué ninguno estaba con su familia? Los tres tenían; seguramente los cuatro. Ya no tenían veinte años para estar a esas horas dando vueltas. ¿Qué estaban haciendo? Realmente no lo recordaba.
No recordaba que el tipo hubiera hablado. No tenía idea por qué Claudio lo había golpeado.
De repente le pareció que el tipo se había movido. Se quedó duro mirándolo, esperando. Vibró. Y movió la mano izquierda. Y Claudio pegó el chillido mas infantil que había escuchado en su vida. No era su voz, chilló con una voz absolutamente ajena a cualquier persona adulta. Soltó la botella y se llevó las manos a la cara.
Fabián y Gabriel miraban al tipo en silencio. Poco a poco se fue incorporando. Cómo si estuviera re ensamblando su cuerpo en cada movimiento.
Hasta que se irguió completamente. Tenía la cara totalmente ensangrentada, al igual que la remera negra. Se refregó los ojos, y se dio cuenta que le faltaba una zapatilla. La vió sobre el auto, la agarró, la desató y se la puso.
Ni se dignó a mirarlos. Claudio ya no chillaba, pero había vuelto a repetir una y otra vez “mierda”.
El tipo les dio la espalda y bajó a la calle, miró hacia los dos lados y tomó hacia la derecha. Y se fue caminando, medio en zigzag y aún con la etiqueta pegada a su mejilla.
Lo siguieron con la mirada hasta la esquina, lo vieron continuar caminando sin mirar el semáforo, y vieron como un taxi lo levantaba en el aire cuatro metros. Y como caía del otro lado de la calle.
“Vayámonos”, dijo Gabriel. Agarró a Claudio del brazo y lo arrastró. Fabián seguía mirando hacia el lado del tipo, pero no miraba al tipo, miraba dos puntos brillantes que estaban en la esquina opuesta del accidente. El gato aún lo miraba. Fijamente. Y él no podía dejar de mirarlo, le dolía pero no podía evitarlo. Hasta que el gato lo liberó, dio media vuelta y desapareció doblando en la esquina.
Fabián se estremeció levemente y, a paso lento, tomó el camino de vuelta a su casa.
Y en su cabeza resonaba aquél estribillo: “Sometimes all of our thoughts are misgiven. Ooh, it makes me wonder, ooh, it makes me wonder. ”.

martes, 28 de diciembre de 2010

Como una flecha salvaje

Ví venir a Claudio hacía mi; dió tres breves pasos y me empujó.
Lo ví alejarse inmóvil junto con el balcón, había en sus ojos tanta furia como incredulidad. Sólo lo veía a él en el balcón delante de una estrellada y luminosa noche.
Hacía mucho calor esa noche, un calor de esos pesados, espesos, de Buenos Aires. Creía que esos calores podían doblegar incluso a la fuerza de la gravedad, pero indudablemente estaba cayendo. Y estaba cayendo al vacío.
Estaba (evidentemente ya no) en un noveno piso. En el departamento de Griselda y Claudio, en el barrio de Almagro. Acabábamos de cenar; una cena tensa, desagradable, que nadie deseaba. Con charlas vacías, forzadas por la necesidad de un lado y la incomodidad del otro. Llena de silencios cortantes, mortales.
¿Era por plata? Ahora no lo recuerdo.
Griselda y yo habíamos tenido una historia. Reciente. Una vez, un error, tal vez condicionado.
No sé si Claudio lo sabía. No había dado ningún tipo de señal, nada que me hiciera sospechar.
¿Lo sabía? No lo sé. Realmente no importaba.
El hecho es que me empujó. Lo ví venir, pero no reaccioné.
¿Por qué no reaccioné? Siempre fui de reflejos muy rápidos para las agresiones, o para las posibles agresiones...
No lo sé; lo que si sé es que cuando un tipo me empujó de un balcón en un noveno piso no reaccioné.
Y ahora caía. Caía muy rápido. Pero el tiempo parecía estático. Era conciente de la velocidad con la que estaba cayendo, pero al mismo tiempo no sentía ningún movimiento.
Sería el shock del saber. De saber que ya todo había terminado, que sólo había un ahora y no habría mas mañana, o dentro de un rato. Era el final del camino, y este camino terminaba en la vereda de la Avenida Hipólito Yrigoyen al 4100.
No sé si toda mi vida, pero si ví imágenes de distintos momentos mientras caía. No pienso enumerarlos, pero irónicamente esta sucesión se detuvo en Griselda. En esa tarde que pasamos juntos, en ese llamado que respondí la noche anterior en el que me pidió vernos al día siguiente, en mi sorpresa inicial frente a su actitud aquella tarde, en el aroma de su piel, en el sabor que su cuerpo grabó en mi boca, en los gemidos, los susurros, en lo dicho, en lo callado. En el deseo contenido durante años finalmente desatado.
Deseo del cuál, sinceramente, ni siquiera era conciente. Nos conocíamos desde hacía como diez años, y jamás la había mirado como a una mujer. Y no porque fuera la mujer de un amigo, eso no tenía nada que ver. Simplemente nunca la había mirado.
Pero cuando llegué esa tarde a su casa algo explotó en mi interior, un deseo contenido e ignorado, y de una magnitud insospechada.
Pero fue un momento, así como se encendió se extinguió.
Había dinero en el medio, pero ¿era por eso? No lo creo.
El balcón se seguía alejando desde su inmovilidad, Claudio aún me miraba; Griselda estaba a su lado. Me pareció ver que lloraba.
¿Por qué ahora? Soy joven, pensé.
¿No merezco una segunda oportunidad?
Ví venir a Claudio hacía mi; dió tres breves pasos y me empujó.
Lo ví alejarse inmóvil junto con el balcón, había en sus ojos tanta furia como incredulidad. Sólo lo veía a él en el balcón delante de una estrellada y luminosa noche.

jueves, 30 de abril de 2009

Hajime

Respiró profundamente. Muy profundamente. Sintió como sus pulmones se llenaban de oxígeno, y tosió. Abrió los ojos como nunca antes. Todo era tan brillante que lo enceguecía. No distinguía bien nada con tanta luz.
Sentía el cuerpo pesado, y mucho frío. Muchísimo. Una sensación de pérdida lo embargaba. Se sentía solo y desprotegido. Tenía miedo.
Había mucho ruido, pero demasiado confuso para reconocer algo.
De golpe un resplandor llamó su atención. Algo se estaba acercando hacia él. Algo brillante, de un fulgor frío. Brillante y peligroso. No lo veía bien, pero percibía el peligro. Se acercaba cada vez mas.
Vió pasar el destello frente a sus nubosos ojos y descender hacia su abdomen. Sintió el corte.
E inmediatamente comprendió que a partir de ese momento estaría solo.
Y lloró.

La espera IX

Era hora de empezar de nuevo; las cartas estaban nuevamente en el mazo. Sólo tenía que decidirse a barajar y sacar la primera carta.
Había tomado la decisión de no pensar tanto las cosas, y de dejar de esperar soluciones mágicas; no le había ido muy bien de esa manera.
Tenía que dejarse llevar mas por sus impulsos, ser mas espontáneo. Pasar a la acción, disfrutar el momento. Eso es lo que tenía que hacer.

Hacía dos años que lo pensaba.

sábado, 21 de febrero de 2009

Toqueteando

Otro viejo mas. Otro viejo cuento mas. Pero retocado. Un viejo retocado.
Bueno, un poco mas que retocado. Otro título, otro final; en si, otro cuento.
Está bueno retocar a los viejos, hay que ser solidarios; a todos nos va a llegar.
¿Les dije que a veces me siento viejo?

viernes, 20 de febrero de 2009

La Última Lágrima

El golpe de la botella al caer al suelo lo sacó repentinamente del estado casi catatónico en el que se encontraba. La cabeza le latía a un ritmo frenético.
Un súbito escalofrío le recorrió desde los pies, todo el cuerpo: lo poco que quedaba de la botella de escocés costeaba sus desnudos pies.
De un feroz trago bebió lo que le quedaba en el vaso, y se entretuvo jugando con el cubito de hielo en su boca, que poco a poco se fue derritiendo.
Una lágrima surcó su desesperanzado rostro y se precipitó sobre su torso desnudo, no recordaba dónde había dejado la camisa; no tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí sentado.
La decisión ya estaba tomada; por eso se extrañó cuando sintió caer la lágrima. “Debe ser por el whisky”, pensó.
La espera lo había puesto realmente nervioso; no lo aparentaba, pero en su interior sus nervios hervían. Aunque no había nada que esperar, estaba esperando.
Juntó valor y tomó el arma. Comenzó a mirarla por todos lados, como revisando que no tuviese fallas, como jactándose ante si mismo de un conocimiento que no poseía.
Por fin se decidió y se apuntó el arma sobre la oreja derecha; entonces cambió de opinión y le pareció mejor dispararse por la boca, ya que recordó que por allí la bala no tendría que atravesar ningún hueso. Cerró los ojos, sin saber por qué, y sonó el teléfono.
Asustado por el inoportuno llamado, apretó el gatillo, y el golpe seco del martillo permaneció retumbando en su cabeza por largos minutos. El susto lo llevó también a inclinarse hacia atrás y caer al suelo.
Se quedó ahí, tirado en el suelo, un largo rato. Resonaba aún en su mente el metálico golpe. El teléfono ya no sonaba.
En su cabeza se entremezclaban con la claridad del beodo sus pensamientos: el disparo fallido, la botella rota, la lágrima, el engaño, el golpe en la nuca al caer, el ventilador en el techo girando incansablemente...
Se levantó penosamente, recogió, receloso, el arma que había dejado caer, y la volvió a revisar.
Cuando la abrió vio con asombro que había gatillado sobre una cámara vacía. Ahora ni recordaba cuándo había puesto la bala, así que no le extrañó el error.
Pero el disparo en falso lo irritó al extremo. Ahora tendría que comenzar todo de nuevo.
Enojado, como queriendo demostrarle quién era el que mandaba, arrojó el arma contra el escritorio, cuidándose de que no rompiera nada.
Insultando entre dientes acomodó la silla, y cuando se estaba por sentar volvió a sonar el teléfono.
Con una mezcla de enojo, confusión y desazón, todo fundido en un dolor de cabeza ya insoportable, se dirigió, rodeando torpemente los vidrios y el whisky, a atender.
Cuando atendió sólo pensaba en despachar con un insulto al inoportuno. Pero al levantar el tubo y escuchar la voz del otro lado se quedó sin palabras. Reconoció la voz inmediatamente, especialmente cuando dijo “te amo”. La voz continuó hablando y dijo otras cosas, pero él sólo escuchaba una y otra vez esas dos palabras. “Te amo”.

Colgó lentamente el teléfono. La voz aún hablaba del otro lado. Lanzó un largo y profundo suspiro. Miró la botella rota en el suelo. Volvió una y otra vez a las palabras en el teléfono. Detuvo la mirada en el revólver sobre el escritorio, lo tomó con la mano izquierda; lo abrió.
Ahí estaba la bala. Expectante. Una lágrima descendió por su mejilla derecha. Era una lágrima de aprobación. La última que saldría de él.
Abrió el cajón derecho del escritorio, sacó la caja de balas; la vació en la mesa, y cargó el arma.