viernes, 20 de febrero de 2009

La Última Lágrima

El golpe de la botella al caer al suelo lo sacó repentinamente del estado casi catatónico en el que se encontraba. La cabeza le latía a un ritmo frenético.
Un súbito escalofrío le recorrió desde los pies, todo el cuerpo: lo poco que quedaba de la botella de escocés costeaba sus desnudos pies.
De un feroz trago bebió lo que le quedaba en el vaso, y se entretuvo jugando con el cubito de hielo en su boca, que poco a poco se fue derritiendo.
Una lágrima surcó su desesperanzado rostro y se precipitó sobre su torso desnudo, no recordaba dónde había dejado la camisa; no tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí sentado.
La decisión ya estaba tomada; por eso se extrañó cuando sintió caer la lágrima. “Debe ser por el whisky”, pensó.
La espera lo había puesto realmente nervioso; no lo aparentaba, pero en su interior sus nervios hervían. Aunque no había nada que esperar, estaba esperando.
Juntó valor y tomó el arma. Comenzó a mirarla por todos lados, como revisando que no tuviese fallas, como jactándose ante si mismo de un conocimiento que no poseía.
Por fin se decidió y se apuntó el arma sobre la oreja derecha; entonces cambió de opinión y le pareció mejor dispararse por la boca, ya que recordó que por allí la bala no tendría que atravesar ningún hueso. Cerró los ojos, sin saber por qué, y sonó el teléfono.
Asustado por el inoportuno llamado, apretó el gatillo, y el golpe seco del martillo permaneció retumbando en su cabeza por largos minutos. El susto lo llevó también a inclinarse hacia atrás y caer al suelo.
Se quedó ahí, tirado en el suelo, un largo rato. Resonaba aún en su mente el metálico golpe. El teléfono ya no sonaba.
En su cabeza se entremezclaban con la claridad del beodo sus pensamientos: el disparo fallido, la botella rota, la lágrima, el engaño, el golpe en la nuca al caer, el ventilador en el techo girando incansablemente...
Se levantó penosamente, recogió, receloso, el arma que había dejado caer, y la volvió a revisar.
Cuando la abrió vio con asombro que había gatillado sobre una cámara vacía. Ahora ni recordaba cuándo había puesto la bala, así que no le extrañó el error.
Pero el disparo en falso lo irritó al extremo. Ahora tendría que comenzar todo de nuevo.
Enojado, como queriendo demostrarle quién era el que mandaba, arrojó el arma contra el escritorio, cuidándose de que no rompiera nada.
Insultando entre dientes acomodó la silla, y cuando se estaba por sentar volvió a sonar el teléfono.
Con una mezcla de enojo, confusión y desazón, todo fundido en un dolor de cabeza ya insoportable, se dirigió, rodeando torpemente los vidrios y el whisky, a atender.
Cuando atendió sólo pensaba en despachar con un insulto al inoportuno. Pero al levantar el tubo y escuchar la voz del otro lado se quedó sin palabras. Reconoció la voz inmediatamente, especialmente cuando dijo “te amo”. La voz continuó hablando y dijo otras cosas, pero él sólo escuchaba una y otra vez esas dos palabras. “Te amo”.

Colgó lentamente el teléfono. La voz aún hablaba del otro lado. Lanzó un largo y profundo suspiro. Miró la botella rota en el suelo. Volvió una y otra vez a las palabras en el teléfono. Detuvo la mirada en el revólver sobre el escritorio, lo tomó con la mano izquierda; lo abrió.
Ahí estaba la bala. Expectante. Una lágrima descendió por su mejilla derecha. Era una lágrima de aprobación. La última que saldría de él.
Abrió el cajón derecho del escritorio, sacó la caja de balas; la vació en la mesa, y cargó el arma.

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