martes, 12 de febrero de 2008

Desenterrando cadáveres.

Como dije en un comentario cada tanto voy a revivir algunas cosas mías viejas, muy viejas. Cosas que por distintas razones todavía me gustan.
El cuento de la entrada anterior tiene, meses mas, meses menos, unos doce años... y a pesar de su simpleza, de su tosquedad, tengo que confesar que siempre me gustó mucho. Es uno de los pocos cuentitos que escribí que realmente me gustan.
Tal vez tenga que ver con el humor... con ese humor que invade el cuento en su conclusión. Con un humor particular, en este caso trágico, que disfruto mucho.
Pero no intento explicarlo, jamás lo haría... porque cada uno lee desde su lugar, desde su vida.
Y una misma historia, por sencilla que sea, puede tener tantas lecturas como lectores. Incluso mas, ya que un mismo lector puede hacer lecturas diferentes en distintos momentos.
Y ojalá que estas cosas, estos fallidos intentos míos de cuentos, tengan muchas lecturas, muchas mas que lectores. :)

lunes, 11 de febrero de 2008

Tiempos de gloria.

Retrocedió lentamente, muy lentamente. Esos pocos metros le parecieron infinitos.
Cuando se detuvo pasó por su mente, como una ráfaga, una imagen de su niñez. Estaba sentado a la mesa en el comedor de su casa cenando. Su hermano Gabriel estaba a su lado, riéndose de alguna broma, no recordó cuál, pero no le importó. Enfrente suyo estaban, como siempre, Carolina, Silvia y Javier, sus otros hermanos.
Al lado suyo podía ver a su madre sirviendo, cansinamente, la comida.
Lo irritó el desprecio de Javier hacia la comida, y mucho mas aún cuando vió la expresión en el rostro de la madre. Sus ojos estaban húmedos.
Volvió a mirar a sus hermanos, y al recorrer la mesa se topó con una figura que no había percibido antes.
Esta vez las lágrimas las tuvo que contener él. Ahí, en la cabecera de la mesa estaba su padre. Hacía mucho tiempo que no lo veía.
Estaba dormido; dormido en la silla. Cuando la madre lo vió lo sacudió discretamente, intentando que sus hijos no lo notaran. Él si lo notó.
Su padre se despertó y respondiendo al estímulo, mecánicamente, agarró el tenedor y empezó a comer.
Descubrió en el rostro del padre el retenido gesto de desagrado al probar el primer bocado, y también la forzada sonrisa que le dirigió a su mujer al probar el segundo.
No percibió sonidos ni olores, sólo imágenes.
Vió a sus hermanos riendo. A los padres intentando meterse en las bromas de sus hijos, como tratando, inútilmente, de zambullirse, o aunque mas no sea mojarse un poco los pies, en la ignorancia, en la inocencia, de ellos.
Pero él notó que no lo lograban. Cada sonrisa parecía quitarles, poco a poco, sus energías, o quizás simplemente ya no tenían.
La madre tuvo que volver a sacudir a su esposo, que se había vuelto a quedar dormido en la mesa.
En cuanto terminaron de comer su padre se fue a su habitación y no lo volvió a ver por esa noche.
Su madre desocupó la mesa y se quedó lavando los platos en la cocina.
Él y sus hermanos se fueron a la pieza a jugar.
Se recordó entonces yendo a buscar un vaso de Coca Cola, y al entrar en la cocina escuchó (sólo percibió esa voz), y vió a su madre llorando sentada en un banquito en la cocina.
Se acercó y le preguntó, sollozando, “¿Qué pasa má?”, y ella limpiándose la cara, y con una esforzada sonrisa, le contestó “Nada Lucas, no pasa nada, vos no te preocupes”.
En ese momento escuchó el sonido que estaba esperando y comenzó a avanzar.
Dió unos rápidos pasos y pateó con todas sus fuerzas.
Y pudo ver como, velozmente para todos los demás, en una eterna cámara lenta para él, volaba por el aire hacia su meta, y se estrellaba implacablemente contra el estoico e insobornable travesaño, la pelota.

lunes, 4 de febrero de 2008

Una noche.

Eran las diez de la noche y el hombre esperaba.
Esperaba algo extraordinario, algo único e irrepetible.
Toda su vida lo había estado haciendo. A decir verdad no tenía idea de qué era aquello que aguardaba, pero él mantenía su espera.
Había esperado en casi todos los lugares en los que estuvo. El deseaba con todo su ser ver algo fantástico.
Tenía treinta y siete años.
Treinta y siete años de espera. No creía haber desperdiciado su vida buscando una fantasía. En definitiva, como tanta otra gente de la que él se reía interiormente, deseaba ver un milagro. Presenciarlo. Sentir que había algo mas que esta existencia chata y rutinaria a la que se había condenado a si mismo.
Y se había condenado por sus propias elecciones. Por aquellos caminos que tomó esperando algo distinto... olvidando el pequeño detalle de que esta chata y rutinaria vida puede ser de hecho, extraordinaria.
Pero que eso depende de cada uno.
Él, en cambio, continuaba esperando algo mas.
Había salido a caminar un poco; hacía mucho calor en la ciudad. Y el único ventilador que tenía había dejado de funcionar, por algún misterioso motivo, hacía dos días.
Tomó la vereda del Parque Rivadavia, sobre la Avenida. Caminaba lentamente, cabizbajo. Pensativo. Pero con la mente en blanco.
Repentinamente algo lo sobresaltó. No supo bien que era, pero había visto algo en el parque.
Se acercó rápida, pero silenciosamente, a la reja. Y contuvo la respiración.
Algo se movía. Caminando dentro del parque. Claramente era una figura humana, pero de movimientos extrañamente rígidos. El corazón le latía desesperadamente. La noche y los árboles le dificultaban la visión.
De golpe la figura salió al claro central del parque y siguió avanzando. Se acercó al caballo de bronce, puso un pie en el estribo, montó, y sacando el sable de su funda tomó su posición.
Él continuaba aferrado a la reja. Súbitamente volvió a respirar... su corazón aún continuaba agitado.
Retrocedió sin darse vuelta hasta retomar la vereda. Giró hacia el lado por el que había llegado y, mientras unas pequeñas y felices lágrimas le surcaban el rostro, volvió a su casa.

domingo, 3 de febrero de 2008

No hay título.

¿Cuál es la necesidad de titular todo? ¿Por qué a todo debemos rotularlo, etiquetarlo, señalarlo?
No es que me moleste, o que me parezca mal. Algunas veces los títulos son mas interesantes que lo que viene después. Muchas veces el mediocre se esconde tras titulares despampanantes, tras brillos y adornos artificiales y vacíos.
La prudencia debería advertirnos a no leer o ver, obras que se presentan tras titulares geniales.
Pero esto no siempre es así.
Soy Leyenda, de Richard Matheson, es una novela genial. Y que tiene un título igualmente genial y extraordinariamente simple.
Y que no sólo es un título, una presentación, es el espíritu mismo de la novela. Está el motor de la trama, la razón, el por qué escribirlo, la conclusión (tan dramática como lógica y natural).
La inversión del mito, el origen de la leyenda.
Luego tenemos la película reciente. Con el mismo título. Pero carente absolutamente del sentido original. Y hasta diría de sentido alguno.
De las adaptaciones anteriores del libro llevadas al cine ninguna lleva el título de la novela. La primera de ellas (The Last Man On Earth, 1964) fue adaptada por el mismo Richard Matheson. La segunda (The Omega Man, 1971) fue un poco mas libre, pero mantuvo el espíritu, a su manera, en el título con su antecesora.
La actual mantiene el título de su fuente de inspiración pero lo deforma y pervierte al mejor estilo hollywoodense.
Dando por resultado una película entretenida y pasatista.
Entretenida mientras mantiene algo de contacto con la novela. Pero esto no dura mucho... la mano de la industria no se hace esperar demasiado.
Y llega, implacable, para aplastar todo vestigio de originalidad. Convirtiendo una historia acerca de un hombre solo y torturado, amenazado constantemente por seres de leyenda, en una historia edulcorada, cargada de esa pseudomoralina yanqui que tanto gusta...
No es de extrañar que una de las mejores cosas de la película sea Samantha, la perra que acompaña a Neville en la mayor parte del film. Y que casualmente no existe en la novela original.
¿Y qué tiene que ver esto con mis dos preguntas del comienzo?
Bueno, nada. O todo, según desde dónde lea las preguntas uno.
Un título no es sólo la carátula, la presentación de algo. Es parte de ese algo, y debe existir una armonía, una unidad en el conjunto. Caso contrario ocurre lo de la película de Francis Lawrence...