Mas al oeste que el Oeste, mas allá de la tierra, mi gente está danzando, en el otro viento...
viernes, 31 de octubre de 2008
Di vagues
Suelo elegir bares de esquina; sentarme a tomar un café, sin nada en especial que hacer mas que mirar. Trato de elegir un lugar cerca de una ventana, lo mas cerca a la esquina posible, y me pierdo en esa continuidad interminable de vidas, tan distintas como parecidas.
Esta vez acompañé el rato con un capuccino con unos tostados de jamón y queso. El azúcar desaparecía lentamente, como pidiendo permiso, en la espuma mientras me terminaba el primer tostado.
Un hombre, alto, canoso, de unos cincuenta años se tropezaba en ese mismo instante del otro lado del vidrio del bar, con una baldosa rota en la vereda. Leí en sus labios el indignado insulto.
Un par de chicas jóvenes, casi adolescentes, cuchicheaban a pocos metros con la despreocupación de los que apenas pisan los veinte años. A un par de pasos dos señoras de mas de seis décadas comentaban, medio a los gritos, una película que acababan de ver. Me dejaron bien en claro, a pesar del ruido del tráfico y del vidrio que nos separaba, que no les había gustado demasiado. No estaba muy al tanto de las películas en cartel en ese momento, así que no supe de cuál hablaban, pero aparentemente la protagonista tenía cara de dopada todo el tiempo.
Las chicas ya no estaban. Las señoras se fueron. Pero la sucesión de caras, de gestos, de historias, siempre es infinita.
Una mujer cargaba a un chico dormido mientras llevaba una cartera desbordada, una mochila con demasiados kilómetros y cuatro bolsas de un supermercado con esa fuerza que solo una madre exhibe. Un chico de unos quince o dieciséis años, enfundado en un impecablemente blanco dobok de Tae Kwon Do, ensayaba unos pasos de baile, perdido con sus auriculares en un mundo mas allá de mis oídos, el cual adivino regido por ritmos lacerantes, dañinos en su repetición perpetua, mientras esperaba el semáforo para cruzar. Un grupo de cuatro jóvenes pasaron riendo vaya uno a saber de qué. Por el tono de las risas hubiera sido fácil adivinarlo, pero nada me provoca menos curiosidad, me intriga menos, que el amontonamiento de risotadas juveniles. Un anciano pasó lentamente, caminando apoyado en un andador, como obligando a fuerza de voluntad a avanzar a un cuerpo que ya no quería dar un paso mas.
El segundo sobrecito de azúcar se escurrió mucho mas rápido a través de la espuma, el primero ya había abierto el camino. En cambio el tercer y cuarto tostado pasaron a mejor vida a un ritmo cada vez mas lento.
¿Qué nueva historia doblará la esquina? ¿Hacia dónde iré, animado por la incertidumbre de la hoja en blanco?
Parafraseando a un clásico de la animación japonesa, "¿Y a dónde va lo recién escrito desde aquí? La red es vasta e infinita."
martes, 16 de septiembre de 2008
Siete días
La remera, bordó, era nueva, lisa, de mangas largas.
Estaba descalzo. Y curiosamente tenía los pies limpios. No parecía haber llegado caminando.
Algunos lo miraban al pasar, pero nadie le daba mayor importancia.
Tato, el diariero de la esquina de enfrente decía que cuando abrió el kiosco ya estaba allí. Y que no se había movido desde entonces. Eran las tres de la tarde.
A eso de las cinco, cuando estaba cerrando, decidió cruzarse.
- Hola - inquirió tímidamente.
- ...
- Hola – insistió.
- ...
- ... soy Tato, el diariero de acá enfrente, ¿usted es... ? - insistió.
- ...
No dijo mas, se llevó el dedo índice derecho sobre la oreja y le hizo un gesto a Hugo, el encargado del edificio de la esquina. Hugo respondió tan sólo levantando los hombros.
A la mañana siguiente cuando llegó a abrir el kiosco, él seguía en la esquina. Exactamente en la misma posición. Apenas un poco mas despeinado de lo que lo recordaba.
Pasaron las horas. Amaneció. La calle comenzó a cargarse de autos, de gente las veredas. A eso de las ocho un par de pibes se le acercaron, le hablaban muy de cerca. Tato creyó ver que le revisaban los bolsillos. Se acercó a la esquina y los espantó con unos gritos. El diariero era un hombre corpulento, de aquellos que intimidan con su sola presencia. Totalmente calvo, con una tupida barba de un gris oscuro. Alto, no era gordo, pero tampoco delgado. Dejaba notar que alguna vez había sido deportista. Tenía ese manejo del cuerpo que sólo los que practicaron o practican intensamente deportes tienen. Transitaba tranquilamente el final de la década de los cuarenta.
Los pibes estaban vestidos con el uniforme de algún colegio privado. Evidentemente habían decidido que ese día tenían algo mas importante que hacer que concurrir a clases. Pero era muy temprano como para arrancar mal el día, así que dejaron al tipo de la esquina y se fueron insultando a Tato a los gritos.
Casi todos los clientes habituales del kiosco le hicieron algún comentario del tipo. Para el mediodía del segundo día ya habían sido unos cuantos los que se le acercaron a intentar sacarle alguna palabra. Todos obtenían el mismo resultado: silencio absoluto.
Irma, la del kiosquito de enfrente, creía que estaba muerto.
“Se murió parado”, dijo muy confiada, “con los ojos abiertos”. “Ya debe tener rigor mortis, por eso no se mueve”, aseguró con la erudición del que mira muchas series de televisión.
“Para mi que es de algún programa de tv, de esos que hacen bromas pesadas”, dijo otro al pasar. “¿Alguien lo vió comer algo?”, preguntó Carlos, un vecino de un edificio de mitad de cuadra. Nadie lo había visto hacer nada en estos dos días.
Como todos los días Tato cerró a las cinco de la tarde. Cruzó la calle, pasó frente al tipo, lo saludó amablemente, y siguió su camino sin esperar respuesta.
Al otro día seguía todo igual. Abrió el kiosco como siempre desde hacía diez años poco antes de las seis de la mañana y se quedó un momento, mientras tomaba un mate mirando al tipo de la esquina. Todo seguía igual.
Se sintió frustrado. La sensación de incertidumbre frente a la que se encontraba desde hacía un par de días se estaba desvaneciendo. Ya lo empezaba a ver como un punto mas en su rutina diaria. Rutina que había buscado diez años atrás, buscando algo de paz, algo de calma en su irregular y atribulada vida.
Pero ahora, luego de diez años, sentía que se había secado. Que la rutina se lo había comido y sólo quedaba una sombra de aquél hombre. Una sombra gris y desilusionada. El tipo de la esquina le había devuelto momentáneamente la ilusión. La ilusión de la sorpresa de lo raro o distinto. Pero sólo parecía haber sido eso, una ilusión.
Pasó ese día. Y otro. Y otro. Y otro.
El tipo seguía ahí. Inmóvil. Ya no estaba tan limpio. De hecho ya no lo estaba para nada. Y se lo notaba mucho mas flaco. El cuarto y el quinto día había llovido un poco, seguramente había tragado algo de agua, si no no se entendía como seguía con vida.
Todo siguió igual ese día.
Se cumplía una semana desde que apareció el tipo de la esquina. Y nada, a excepción de su apariencia, había cambiado.
Se sobresaltó al escuchar a Graciela, la del 3º B del edificio que estaba frente al kiosco. Mitad porque siempre que ella le hablaba se sobresaltaba (esa mujer era capaz de cortarle la respiración a uno con sólo mirarlo), y mitad porque le dijo algo del tipo de la esquina que Tato no llegó a comprender. Salió del kiosco para ver de que le hablaba y cuando miró lo que ella veía se quedó paralizado.
Miraba al tipo de la esquina. Estaba exactamente igual que siempre... Bueno, no exactamente, ya que parecía estar flotando a unos diez centímetros del suelo.
La gente comenzó a agolparse en las esquinas. Ninguno se le acercaba.
Tato cruzó, algunos pocos lo siguieron primero, después lentamente se les fueron sumando mas y mas personas. El tipo seguía sin hablar, no respondía. Ni siquiera los miraba.
Ahora parecía estar un poco mas alto. Poco a poco se fue elevando hasta quedar con los pies a la altura de las cabezas curiosas. Permaneció así por unos breves minutos y en un segundo, repentinamente, salió volando en línea recta hasta desaparecer de la vista de todos.
Se quedaron mirando, incluso cuando ya no se lo veía, en silencio. Un leve primero, luego intenso e incomprensible murmullo comenzó a apoderarse de la esquina. Tato no dijo nada. No tenía nada que decir, sólo que hacer.
De golpe se sintió libre del desánimo que lo había invadido los últimos días. Ahora se sentía inesperadamente tranquilo, en paz, con la mente clara y decidida por primera vez en años.
"La vida no espera" se dijo para sí mismo.
Volvió a su kiosco, entró y puso a calentar agua para el mate. Se sentó a esperar. Se alejó mentalmente del bullicio que le llegaba desde la esquina de enfrente y comenzó a despedirse en silencio del kiosco de diarios. Ese iba a ser su último día ahí.
lunes, 18 de agosto de 2008
Ecos boreales.
Ecos de un momento de afición a los mitos nórdicos, un momento lejano pero que aún resuena en algún rincón oculto.
Admito que es un cuento un poco localista, e incluso sectario. Hay que saber jugar al truco para entender por qué el tuerto tiró un beso...
Pero bueno, tampoco se pierden gran cosa si no lo saben. :P
sábado, 16 de agosto de 2008
Pequeño fragmento de una gran historia. (1)
-¿Qué pasa con ustedes? ¿Acaso es miedo eso que veo en sus ojos? Cobardes, eso es lo que son todos, unos cobardes -gritó enfurecido al ver a sus bravos compañeros transformados en hombres temerosos y dubitativos.
Enojado por la sombra que nubló los ánimos de sus amigos, o tal vez para ocultar sus propios temores, salió violentamente de la posada.
Al salir se percató de la terrible tormenta de nieve que se había desatado, pero si recién había lanzado un desafío contra el mismo Woden no podía ahora retroceder ante una simple ventisca.
Caminó como pudo, enfrentando el helado viento norte; los copos de nieve le golpeaban el rostro con tal fuerza que parecía que el gran Vingthor en persona los estuviese arrojando.
Se internó en el bosque para cortar camino, quería llegar lo antes posible a su casa. Los lúgubres pinos parecían observarlo en su penoso andar, como burlándose de su necesidad de traslado, de su eterno peregrinar.
El bosque, a medida que avanzaba, comenzó a tornarse mas oscuro; una leve primero, pero cada vez mas espesa niebla bajó desde lo alto de los sombríos árboles. El viento comenzó a menguar en su violencia, hasta detenerse por completo. Él jamás en su vida había experimentado esto en su propia tierra, sólo unas pocas veces, algunas estando en la lejana Vinland, otras en las soleadas costas del afable sur, había vivido esa sensación de tranquilidad casi mágica que lo atraía por su placidez, pero que al mismo tiempo lo repelía precisamente por esa quietud reinante; él, como todos los suyos, poseía un espíritu aventurero, no podía mantenerse en un mismo lugar por mucho tiempo. En cuanto los deshielos comenzaban aprovechaban para echarse a la mar y dejaban, por los tres meses de verano, sus tierras.
Pasado el tiempo, y tras las correrías por todos los mares, regresaban a sus hogares a pasar allí el crudo invierno boreal. Mas de una vez había tenido que pasar temporadas enteras sin ver a su amada y dura tierra, sin ver a su familia.
Estaba tan inmerso en sus memorias que no advirtió que había quedado totalmente rodeado de una densa niebla. No podía ver mas allá de su nariz.
Comenzó a avanzar lentamente, a tientas. Su mano derecha ceñía la empuñadura de Loki (relámpago), su espada. Repentinamente, al dar un paso al frente, salió de la niebla y se encontró en un claro, un pequeño claro rodeado de paredes de niebla. Hacia arriba podía, también entre la niebla, ver algunas ramas de pinos incinadas por la fuerza del viento que, a lo lejos, continuaba soplando furiosamente.
Cuando volvió a mirar hacia adelante se topó con una figura a la que no había visto al salir de la niebla.
Un hombre estaba sentado en una silla haciendo una serie de movimientos con sus manos. Se acercó, sin sacar la mano de su espada, para observar mejor al extraño.
Tenía puesta una capa azul, con unos manchones grises, parecía realmente muy vieja; llevaba un gran sombrero de ala ancha inclinado hacia un costado de manera tal que Egnnir no podía verle el rostro.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca el hombre le indicó con un gesto con una mano que se sentara enfrente suyo. A pesar de estar sentados frente a frente, separados por unos pocos palmos por un tronco cortado a la altura de sus rodillas haciendo las veces de mesa, seguía sin verle la cara.
El extraño le mostró unos curiosos recuadros que estaban hechos con algo que Egnnir creyó entender que se llamaba cartón. Estos recuadros estaban adornados por un lado con una serie de diseños bastante coloridos, por el otro estaban toscamente pintados de gris y azul. Rápidamente reconoció cuatro grupos. En ese momento el hombre levantó la cabeza. No se sorprendió al ver que el extraño era tuerto, tenía varios amigos que lo eran.
El tuerto comenzó a hablarle acerca de sus cartas (así las llamaba), y le dijo que conocía un juego muy divertido con el que podrían pasar el rato hasta que amainara la tormenta.
Como sabía que tenía razón (no podría avanzar demasiado bajo este temporal), y además jamás rechazaba un desafío, aceptó, pero advirtiéndole que él no conocía ningún juego con sus cartas. El forastero le dijo que eso no importaba, que le iba a enseñar, y, con una apenas visible sonrisa, lo palmeó amistosamente en el hombro.
El hombre agarró las cartas y empezó a mezclarlas entre sus manos a una velocidad impresionante. Las repartió y, cuando las hubieron levantado y mirado atentamente, Egnnir tiró una que tenía dibujadas tres monedas de oro. En ese momento se dió cuenta que conocía ese juego; jamás en su vida lo había jugado, y ahora parecía conocerlo a la perfección.
La mano fue suya por la mínima diferencia. Ahora daba él y, cuando pensaba que le costaría muchísimo mezclar y repartir las cartas como el otro lo había hecho, las mezcló y repatió como si no hubiese hecho ninguna otra cosa en toda su vida.
Y la mano volvió a ser suya, y esta vez por un par mas de puntos. Ya le gustaba el juego, pero como buen guerrero no subestimaba a su rival.
En la siguiente el otro se llevó los puntos, aunque igualmente hizo negocio.
Cuando le tocaba volver a mezclar, el tuerto lo contuvo con un gesto y le preguntó si no tenía algo por lo que jugar, algo para darle mas emoción al juego. Egnnir le mostró una bolsa con algunas monedas de oro, pero se la rechazó. Llegó a ofrecerle increíblemente, empujado por una inexplicable confianza en la victoria, su espada. Pero eso tampoco le interesó. Entonces el extraño le dijo que tenía una oferta que no podría rechazar. Y le propuso jugar por su vida. Egnnir, a pesar de la sorpresa que le causó semejante propuesta, aceptó sin dudarlo y siguieron el juego.
Las manos se tornaron mas lentas; cada movimiento, cada jugada, era meditada profundamente antes de hacerla; el partido era de una paridad casi total.
Quedaban unos tres puntos y estaban empatados. Egnnir repartió las cartas cuidadosamente, las levantó y, luego de observarlas detenidamente, miró fijamente a su adversario. Ninguno de los dos demostraba el menor signo de nerviosismo o alegría. Eran dos guerreros enfrentados en un combate fatal. El tuerto tiró un beso y Egnnir, sin quitarle los ojos de encima, le dijo:
“A Vinland he ido,
a Groenland y a Island también he partido;
mi barco dragón todas las aguas ha surcado.
Contra muchos héroes he luchado,
y a todos los he vencido.
Muchas penurias he sufrido;
mas, a pesar de tanto camino andado,
ni aún hoy me verán derrotado.
¡Falta envido!” (2)
El tuerto, a pesar del inmenso desagrado que le causó semejante bufonada, conservó su frialdad y le contestó: “Quiero”.
“¡Treinta y tres!” gritó estallando en una carcajada Egnnir, y arrojó las cartas sobre la mesa. El extraño las miró y, observándolo, secamente dijo: “Son buenas”, y colocó las suyas sobre el mazo.
Egnnir quiso felicitarlo por el juego, pero cuando intentó hacerlo el tuerto había desaparecido.
Luego de un instante de duda se levantó para irse y, cuando dejaba la mesa vió el mazo de cartas a un costado. Impulsado por la curiosidad lo agarró y sacó las dos cartas que estaban encima de la pila; no pudo reaccionar frente a lo que vió. Eran un seis y un siete de espadas...
En ese momento escuchó un ruido terrible sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vió al tuerto montado en un enorme caballo negro de ocho patas. Odín lo miró un instante, esbozó una sonrisa, y salió al galope por el aire.
La tormenta regresó. La niebla desapareció con la llegada del helado viento.
Egnnir, al sentir el frío en sus manos, soltó las dos cartas, respiró profundamente, y retomó, pesadamente, el camino de regreso hacia su casa.
(1). Adaptación en prosa de un fragmento de la Egnnirssaga.
La Saga de Egnnir es un poema noruego del cuál sobreviven unos 1514 versos aliterados, divididos en distintos fragmentos que, a pesar de su individualidad, conservan una clara afinidad entre sí que permite asegurar que se trata de una única y vasta obra de la que sólo nos han quedado las migajas. Se estima que fue escrito antes de la gran migración noruega hacia Islandia provocada por la tiranía del rey Harald Harfagar. Algunos investigadores lo suponen anterior aún al anglosajón Beowulf, con lo que se trataría del mas antiguo texto de relevancia de origen germánico del que se tienen noticias. Otros prefieren desacreditarlo argumentando que abunda en anacronismos inexplicables. Para nosotros, que si bien en ningún momento lo hemos considerado como una obra cumbre sino como el puntapié inicial de una literatura que llegaría a su máximo esplendor en las grandes sagas islandesas, la grandeza de este poema escáldico reside especialmente en la calidad de la descripción de la vida en las heladas tierras del norte, y en la palpabilidad de la sociedad viking en el relato.
(2). La belleza del texto original se ha visto sacrificada en esta pequeña transcripción (la única del texto), por culpa de la traducción, que siempre es pobre cuando de poesía se trata, y de mi propia incapacidad.
viernes, 1 de agosto de 2008
La espera IV
Su vida giraba en torno a la espera. Y esto lo agobiaba.
¿Qué sentido tenía seguir esperando? ¿Por qué siempre esperaba?
A veces creía que alguien jugaba con él. Que se divertían a costa suya.
¿Existe el destino? Se preguntaba una y otra vez. ¿Es la espera el destino al que fui condenado? ¿Será un castigo? ¿Estaré pagando culpas de otra vida, de alguna existencia previa?
¿Será este mi karma?
Creía en la reencarnación de las almas. Y eso lo deprimía. Porque si estaba siendo castigado de esta manera no quería ni imaginar que clase de persona o ser había sido antes...
Y esperaba...
Deseaba moverse, avanzar o retroceder, no le importaba que o dónde, pero anhelaba con todas sus fuerzas moverse. Y esperaba.
Algo lo retenía y lo impulsaba a aguardar.
¿Temía la reacción tal vez? ¿Las consecuencias inevitables del actuar?
No realmente. Incluso la espera tenía consecuencias, y ya no las soportaba.
Pero algo desconocido e inexplicable lo mantenía firme en la espera. Ansiaba desesperadamente correr. Sin rumbo, persiguiendo el viento. Estaba cansado, realmente agotado, de que este lo atravesara, de sentirlo pasar a través de él y que con cada ráfaga arrastrara una porción de su vida, de su espíritu.
Ya no podía continuar así. Su corazón clamaba por abandonar la espera, por moverse.
No supo bien como, pero en ese momento su corazón tomó el control, y todo cambió para siempre.
Miró a su alrededor, lentamente, como reconociendo, y casi saboreando el momento y el lugar, y sin dudas en su interior abandonó la parada del colectivo, aquél sitio infernal al que, hasta hacía unos segundos sentía atada su existencia, y tomó un taxi.
lunes, 23 de junio de 2008
Lembranzas
Están por cumplirse once años desde aquél día, y creo que eso me hizo ponerme a revolver viejos papeles otra vez...
No creo que nunca nadie entienda que pasó, incluso si algún día reaparece, no creo que haya explicación posible. Y no creo que importe ya. Al menos no a mi.
Quedan los recuerdos, aquellas reuniones (por lo general nada culturales), en las que de vez en cuando surgían ideas, historias, como por ejemplo la del cuento anterior, uno de los pocos suyos que conservo.
Así que, en una especie de pobre homenaje a la memoria de aquellos días, lo publico acá. Por los viejos días del grupo, para vos Ernesto.
El Hombre Veloz
Nació con sólo dos semanas de gestación; al día ya sabía leer y escribir, además de hablar por supuesto. Hizo la primaria en dos semanas, el secundario también en quince días y se recibió de abogado en veintiuno.
Se casó a los tres meses de haber nacido. Su mujer quedó embarazada antes de darse cuenta. Pero ella no estaba apurada, ni tampoco el hijo. Él no pudo entenderlo y se divorció. Todo esto en un día.
Ganó muchos casos importantes en muy poco tiempo. Todos sus colegas lo envidiaban por su velocidad, era demasiado veloz y astuto para ellos. Se hizo considerablemente rico en muy poco tiempo.
A los tres meses se retiró de la profesión por cuestiones de salud. Vivió unas dos semanas en su campo disfrutando de la tranquilidad lograda con su arduo trabajo; al menos de la tranquilidad de aquellos que ya no tienen preocupaciones materiales, y murió.
Su entierro fue veloz, doy fe de ello ya que asistí, duró sólo dos minutos.
martes, 12 de febrero de 2008
Desenterrando cadáveres.
El cuento de la entrada anterior tiene, meses mas, meses menos, unos doce años... y a pesar de su simpleza, de su tosquedad, tengo que confesar que siempre me gustó mucho. Es uno de los pocos cuentitos que escribí que realmente me gustan.
Tal vez tenga que ver con el humor... con ese humor que invade el cuento en su conclusión. Con un humor particular, en este caso trágico, que disfruto mucho.
Pero no intento explicarlo, jamás lo haría... porque cada uno lee desde su lugar, desde su vida.
Y una misma historia, por sencilla que sea, puede tener tantas lecturas como lectores. Incluso mas, ya que un mismo lector puede hacer lecturas diferentes en distintos momentos.
Y ojalá que estas cosas, estos fallidos intentos míos de cuentos, tengan muchas lecturas, muchas mas que lectores. :)
lunes, 11 de febrero de 2008
Tiempos de gloria.
Retrocedió lentamente, muy lentamente. Esos pocos metros le parecieron infinitos.
Cuando se detuvo pasó por su mente, como una ráfaga, una imagen de su niñez. Estaba sentado a la mesa en el comedor de su casa cenando. Su hermano Gabriel estaba a su lado, riéndose de alguna broma, no recordó cuál, pero no le importó. Enfrente suyo estaban, como siempre, Carolina, Silvia y Javier, sus otros hermanos.
Al lado suyo podía ver a su madre sirviendo, cansinamente, la comida.
Lo irritó el desprecio de Javier hacia la comida, y mucho mas aún cuando vió la expresión en el rostro de la madre. Sus ojos estaban húmedos.
Volvió a mirar a sus hermanos, y al recorrer la mesa se topó con una figura que no había percibido antes.
Esta vez las lágrimas las tuvo que contener él. Ahí, en la cabecera de la mesa estaba su padre. Hacía mucho tiempo que no lo veía.
Estaba dormido; dormido en la silla. Cuando la madre lo vió lo sacudió discretamente, intentando que sus hijos no lo notaran. Él si lo notó.
Su padre se despertó y respondiendo al estímulo, mecánicamente, agarró el tenedor y empezó a comer.
Descubrió en el rostro del padre el retenido gesto de desagrado al probar el primer bocado, y también la forzada sonrisa que le dirigió a su mujer al probar el segundo.
No percibió sonidos ni olores, sólo imágenes.
Vió a sus hermanos riendo. A los padres intentando meterse en las bromas de sus hijos, como tratando, inútilmente, de zambullirse, o aunque mas no sea mojarse un poco los pies, en la ignorancia, en la inocencia, de ellos.
Pero él notó que no lo lograban. Cada sonrisa parecía quitarles, poco a poco, sus energías, o quizás simplemente ya no tenían.
La madre tuvo que volver a sacudir a su esposo, que se había vuelto a quedar dormido en la mesa.
En cuanto terminaron de comer su padre se fue a su habitación y no lo volvió a ver por esa noche.
Su madre desocupó la mesa y se quedó lavando los platos en la cocina.
Él y sus hermanos se fueron a la pieza a jugar.
Se recordó entonces yendo a buscar un vaso de Coca Cola, y al entrar en la cocina escuchó (sólo percibió esa voz), y vió a su madre llorando sentada en un banquito en la cocina.
Se acercó y le preguntó, sollozando, “¿Qué pasa má?”, y ella limpiándose la cara, y con una esforzada sonrisa, le contestó “Nada Lucas, no pasa nada, vos no te preocupes”.
En ese momento escuchó el sonido que estaba esperando y comenzó a avanzar.
Dió unos rápidos pasos y pateó con todas sus fuerzas.
Y pudo ver como, velozmente para todos los demás, en una eterna cámara lenta para él, volaba por el aire hacia su meta, y se estrellaba implacablemente contra el estoico e insobornable travesaño, la pelota.
lunes, 4 de febrero de 2008
Una noche.
Esperaba algo extraordinario, algo único e irrepetible.
Toda su vida lo había estado haciendo. A decir verdad no tenía idea de qué era aquello que aguardaba, pero él mantenía su espera.
Había esperado en casi todos los lugares en los que estuvo. El deseaba con todo su ser ver algo fantástico.
Tenía treinta y siete años.
Treinta y siete años de espera. No creía haber desperdiciado su vida buscando una fantasía. En definitiva, como tanta otra gente de la que él se reía interiormente, deseaba ver un milagro. Presenciarlo. Sentir que había algo mas que esta existencia chata y rutinaria a la que se había condenado a si mismo.
Y se había condenado por sus propias elecciones. Por aquellos caminos que tomó esperando algo distinto... olvidando el pequeño detalle de que esta chata y rutinaria vida puede ser de hecho, extraordinaria.
Pero que eso depende de cada uno.
Él, en cambio, continuaba esperando algo mas.
Había salido a caminar un poco; hacía mucho calor en la ciudad. Y el único ventilador que tenía había dejado de funcionar, por algún misterioso motivo, hacía dos días.
Tomó la vereda del Parque Rivadavia, sobre la Avenida. Caminaba lentamente, cabizbajo. Pensativo. Pero con la mente en blanco.
Repentinamente algo lo sobresaltó. No supo bien que era, pero había visto algo en el parque.
Se acercó rápida, pero silenciosamente, a la reja. Y contuvo la respiración.
Algo se movía. Caminando dentro del parque. Claramente era una figura humana, pero de movimientos extrañamente rígidos. El corazón le latía desesperadamente. La noche y los árboles le dificultaban la visión.
De golpe la figura salió al claro central del parque y siguió avanzando. Se acercó al caballo de bronce, puso un pie en el estribo, montó, y sacando el sable de su funda tomó su posición.
Él continuaba aferrado a la reja. Súbitamente volvió a respirar... su corazón aún continuaba agitado.
Retrocedió sin darse vuelta hasta retomar la vereda. Giró hacia el lado por el que había llegado y, mientras unas pequeñas y felices lágrimas le surcaban el rostro, volvió a su casa.
domingo, 3 de febrero de 2008
No hay título.
No es que me moleste, o que me parezca mal. Algunas veces los títulos son mas interesantes que lo que viene después. Muchas veces el mediocre se esconde tras titulares despampanantes, tras brillos y adornos artificiales y vacíos.
La prudencia debería advertirnos a no leer o ver, obras que se presentan tras titulares geniales.
Pero esto no siempre es así.
Soy Leyenda, de Richard Matheson, es una novela genial. Y que tiene un título igualmente genial y extraordinariamente simple.
Y que no sólo es un título, una presentación, es el espíritu mismo de la novela. Está el motor de la trama, la razón, el por qué escribirlo, la conclusión (tan dramática como lógica y natural).
La inversión del mito, el origen de la leyenda.
Luego tenemos la película reciente. Con el mismo título. Pero carente absolutamente del sentido original. Y hasta diría de sentido alguno.
De las adaptaciones anteriores del libro llevadas al cine ninguna lleva el título de la novela. La primera de ellas (The Last Man On Earth, 1964) fue adaptada por el mismo Richard Matheson. La segunda (The Omega Man, 1971) fue un poco mas libre, pero mantuvo el espíritu, a su manera, en el título con su antecesora.
La actual mantiene el título de su fuente de inspiración pero lo deforma y pervierte al mejor estilo hollywoodense.
Dando por resultado una película entretenida y pasatista.
Entretenida mientras mantiene algo de contacto con la novela. Pero esto no dura mucho... la mano de la industria no se hace esperar demasiado.
Y llega, implacable, para aplastar todo vestigio de originalidad. Convirtiendo una historia acerca de un hombre solo y torturado, amenazado constantemente por seres de leyenda, en una historia edulcorada, cargada de esa pseudomoralina yanqui que tanto gusta...
No es de extrañar que una de las mejores cosas de la película sea Samantha, la perra que acompaña a Neville en la mayor parte del film. Y que casualmente no existe en la novela original.
¿Y qué tiene que ver esto con mis dos preguntas del comienzo?
Bueno, nada. O todo, según desde dónde lea las preguntas uno.
Un título no es sólo la carátula, la presentación de algo. Es parte de ese algo, y debe existir una armonía, una unidad en el conjunto. Caso contrario ocurre lo de la película de Francis Lawrence...