sábado, 16 de agosto de 2008

Pequeño fragmento de una gran historia. (1)

-¡Yo, Egnnir de Halogaland, soy capaz de enfrentar a cualquier guerrero que se anime, hasta al mismísimo Fiörgyn enfrentaría, si él tuviera el valor de venir hasta acá para confrontarme! -exclamó, ensoberbecido por los litros de cerveza que fluían dentro de su estómago, y que lo urgían, como a todos los allí presentes, a prometer proezas y lanzar desafíos; pero esa declaración cambió todos los gritos y risas reinantes en la posada por un tenso murmullo.
-¿Qué pasa con ustedes? ¿Acaso es miedo eso que veo en sus ojos? Cobardes, eso es lo que son todos, unos cobardes -gritó enfurecido al ver a sus bravos compañeros transformados en hombres temerosos y dubitativos.
Enojado por la sombra que nubló los ánimos de sus amigos, o tal vez para ocultar sus propios temores, salió violentamente de la posada.
Al salir se percató de la terrible tormenta de nieve que se había desatado, pero si recién había lanzado un desafío contra el mismo Woden no podía ahora retroceder ante una simple ventisca.
Caminó como pudo, enfrentando el helado viento norte; los copos de nieve le golpeaban el rostro con tal fuerza que parecía que el gran Vingthor en persona los estuviese arrojando.
Se internó en el bosque para cortar camino, quería llegar lo antes posible a su casa. Los lúgubres pinos parecían observarlo en su penoso andar, como burlándose de su necesidad de traslado, de su eterno peregrinar.
El bosque, a medida que avanzaba, comenzó a tornarse mas oscuro; una leve primero, pero cada vez mas espesa niebla bajó desde lo alto de los sombríos árboles. El viento comenzó a menguar en su violencia, hasta detenerse por completo. Él jamás en su vida había experimentado esto en su propia tierra, sólo unas pocas veces, algunas estando en la lejana Vinland, otras en las soleadas costas del afable sur, había vivido esa sensación de tranquilidad casi mágica que lo atraía por su placidez, pero que al mismo tiempo lo repelía precisamente por esa quietud reinante; él, como todos los suyos, poseía un espíritu aventurero, no podía mantenerse en un mismo lugar por mucho tiempo. En cuanto los deshielos comenzaban aprovechaban para echarse a la mar y dejaban, por los tres meses de verano, sus tierras.
Pasado el tiempo, y tras las correrías por todos los mares, regresaban a sus hogares a pasar allí el crudo invierno boreal. Mas de una vez había tenido que pasar temporadas enteras sin ver a su amada y dura tierra, sin ver a su familia.
Estaba tan inmerso en sus memorias que no advirtió que había quedado totalmente rodeado de una densa niebla. No podía ver mas allá de su nariz.
Comenzó a avanzar lentamente, a tientas. Su mano derecha ceñía la empuñadura de Loki (relámpago), su espada. Repentinamente, al dar un paso al frente, salió de la niebla y se encontró en un claro, un pequeño claro rodeado de paredes de niebla. Hacia arriba podía, también entre la niebla, ver algunas ramas de pinos incinadas por la fuerza del viento que, a lo lejos, continuaba soplando furiosamente.
Cuando volvió a mirar hacia adelante se topó con una figura a la que no había visto al salir de la niebla.
Un hombre estaba sentado en una silla haciendo una serie de movimientos con sus manos. Se acercó, sin sacar la mano de su espada, para observar mejor al extraño.
Tenía puesta una capa azul, con unos manchones grises, parecía realmente muy vieja; llevaba un gran sombrero de ala ancha inclinado hacia un costado de manera tal que Egnnir no podía verle el rostro.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca el hombre le indicó con un gesto con una mano que se sentara enfrente suyo. A pesar de estar sentados frente a frente, separados por unos pocos palmos por un tronco cortado a la altura de sus rodillas haciendo las veces de mesa, seguía sin verle la cara.
El extraño le mostró unos curiosos recuadros que estaban hechos con algo que Egnnir creyó entender que se llamaba cartón. Estos recuadros estaban adornados por un lado con una serie de diseños bastante coloridos, por el otro estaban toscamente pintados de gris y azul. Rápidamente reconoció cuatro grupos. En ese momento el hombre levantó la cabeza. No se sorprendió al ver que el extraño era tuerto, tenía varios amigos que lo eran.
El tuerto comenzó a hablarle acerca de sus cartas (así las llamaba), y le dijo que conocía un juego muy divertido con el que podrían pasar el rato hasta que amainara la tormenta.
Como sabía que tenía razón (no podría avanzar demasiado bajo este temporal), y además jamás rechazaba un desafío, aceptó, pero advirtiéndole que él no conocía ningún juego con sus cartas. El forastero le dijo que eso no importaba, que le iba a enseñar, y, con una apenas visible sonrisa, lo palmeó amistosamente en el hombro.
El hombre agarró las cartas y empezó a mezclarlas entre sus manos a una velocidad impresionante. Las repartió y, cuando las hubieron levantado y mirado atentamente, Egnnir tiró una que tenía dibujadas tres monedas de oro. En ese momento se dió cuenta que conocía ese juego; jamás en su vida lo había jugado, y ahora parecía conocerlo a la perfección.
La mano fue suya por la mínima diferencia. Ahora daba él y, cuando pensaba que le costaría muchísimo mezclar y repartir las cartas como el otro lo había hecho, las mezcló y repatió como si no hubiese hecho ninguna otra cosa en toda su vida.
Y la mano volvió a ser suya, y esta vez por un par mas de puntos. Ya le gustaba el juego, pero como buen guerrero no subestimaba a su rival.
En la siguiente el otro se llevó los puntos, aunque igualmente hizo negocio.
Cuando le tocaba volver a mezclar, el tuerto lo contuvo con un gesto y le preguntó si no tenía algo por lo que jugar, algo para darle mas emoción al juego. Egnnir le mostró una bolsa con algunas monedas de oro, pero se la rechazó. Llegó a ofrecerle increíblemente, empujado por una inexplicable confianza en la victoria, su espada. Pero eso tampoco le interesó. Entonces el extraño le dijo que tenía una oferta que no podría rechazar. Y le propuso jugar por su vida. Egnnir, a pesar de la sorpresa que le causó semejante propuesta, aceptó sin dudarlo y siguieron el juego.
Las manos se tornaron mas lentas; cada movimiento, cada jugada, era meditada profundamente antes de hacerla; el partido era de una paridad casi total.
Quedaban unos tres puntos y estaban empatados. Egnnir repartió las cartas cuidadosamente, las levantó y, luego de observarlas detenidamente, miró fijamente a su adversario. Ninguno de los dos demostraba el menor signo de nerviosismo o alegría. Eran dos guerreros enfrentados en un combate fatal. El tuerto tiró un beso y Egnnir, sin quitarle los ojos de encima, le dijo:

“A Vinland he ido,
a Groenland y a Island también he partido;
mi barco dragón todas las aguas ha surcado.
Contra muchos héroes he luchado,
y a todos los he vencido.
Muchas penurias he sufrido;
mas, a pesar de tanto camino andado,
ni aún hoy me verán derrotado.
¡Falta envido!” (2)

El tuerto, a pesar del inmenso desagrado que le causó semejante bufonada, conservó su frialdad y le contestó: “Quiero”.
“¡Treinta y tres!” gritó estallando en una carcajada Egnnir, y arrojó las cartas sobre la mesa. El extraño las miró y, observándolo, secamente dijo: “Son buenas”, y colocó las suyas sobre el mazo.
Egnnir quiso felicitarlo por el juego, pero cuando intentó hacerlo el tuerto había desaparecido.
Luego de un instante de duda se levantó para irse y, cuando dejaba la mesa vió el mazo de cartas a un costado. Impulsado por la curiosidad lo agarró y sacó las dos cartas que estaban encima de la pila; no pudo reaccionar frente a lo que vió. Eran un seis y un siete de espadas...
En ese momento escuchó un ruido terrible sobre su cabeza. Miró hacia arriba y vió al tuerto montado en un enorme caballo negro de ocho patas. Odín lo miró un instante, esbozó una sonrisa, y salió al galope por el aire.
La tormenta regresó. La niebla desapareció con la llegada del helado viento.
Egnnir, al sentir el frío en sus manos, soltó las dos cartas, respiró profundamente, y retomó, pesadamente, el camino de regreso hacia su casa.






(1). Adaptación en prosa de un fragmento de la Egnnirssaga.
La Saga de Egnnir es un poema noruego del cuál sobreviven unos 1514 versos aliterados, divididos en distintos fragmentos que, a pesar de su individualidad, conservan una clara afinidad entre sí que permite asegurar que se trata de una única y vasta obra de la que sólo nos han quedado las migajas. Se estima que fue escrito antes de la gran migración noruega hacia Islandia provocada por la tiranía del rey Harald Harfagar. Algunos investigadores lo suponen anterior aún al anglosajón Beowulf, con lo que se trataría del mas antiguo texto de relevancia de origen germánico del que se tienen noticias. Otros prefieren desacreditarlo argumentando que abunda en anacronismos inexplicables. Para nosotros, que si bien en ningún momento lo hemos considerado como una obra cumbre sino como el puntapié inicial de una literatura que llegaría a su máximo esplendor en las grandes sagas islandesas, la grandeza de este poema escáldico reside especialmente en la calidad de la descripción de la vida en las heladas tierras del norte, y en la palpabilidad de la sociedad viking en el relato.
(2). La belleza del texto original se ha visto sacrificada en esta pequeña transcripción (la única del texto), por culpa de la traducción, que siempre es pobre cuando de poesía se trata, y de mi propia incapacidad.

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