jueves, 30 de abril de 2009

Hajime

Respiró profundamente. Muy profundamente. Sintió como sus pulmones se llenaban de oxígeno, y tosió. Abrió los ojos como nunca antes. Todo era tan brillante que lo enceguecía. No distinguía bien nada con tanta luz.
Sentía el cuerpo pesado, y mucho frío. Muchísimo. Una sensación de pérdida lo embargaba. Se sentía solo y desprotegido. Tenía miedo.
Había mucho ruido, pero demasiado confuso para reconocer algo.
De golpe un resplandor llamó su atención. Algo se estaba acercando hacia él. Algo brillante, de un fulgor frío. Brillante y peligroso. No lo veía bien, pero percibía el peligro. Se acercaba cada vez mas.
Vió pasar el destello frente a sus nubosos ojos y descender hacia su abdomen. Sintió el corte.
E inmediatamente comprendió que a partir de ese momento estaría solo.
Y lloró.

La espera IX

Era hora de empezar de nuevo; las cartas estaban nuevamente en el mazo. Sólo tenía que decidirse a barajar y sacar la primera carta.
Había tomado la decisión de no pensar tanto las cosas, y de dejar de esperar soluciones mágicas; no le había ido muy bien de esa manera.
Tenía que dejarse llevar mas por sus impulsos, ser mas espontáneo. Pasar a la acción, disfrutar el momento. Eso es lo que tenía que hacer.

Hacía dos años que lo pensaba.

sábado, 21 de febrero de 2009

Toqueteando

Otro viejo mas. Otro viejo cuento mas. Pero retocado. Un viejo retocado.
Bueno, un poco mas que retocado. Otro título, otro final; en si, otro cuento.
Está bueno retocar a los viejos, hay que ser solidarios; a todos nos va a llegar.
¿Les dije que a veces me siento viejo?

viernes, 20 de febrero de 2009

La Última Lágrima

El golpe de la botella al caer al suelo lo sacó repentinamente del estado casi catatónico en el que se encontraba. La cabeza le latía a un ritmo frenético.
Un súbito escalofrío le recorrió desde los pies, todo el cuerpo: lo poco que quedaba de la botella de escocés costeaba sus desnudos pies.
De un feroz trago bebió lo que le quedaba en el vaso, y se entretuvo jugando con el cubito de hielo en su boca, que poco a poco se fue derritiendo.
Una lágrima surcó su desesperanzado rostro y se precipitó sobre su torso desnudo, no recordaba dónde había dejado la camisa; no tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí sentado.
La decisión ya estaba tomada; por eso se extrañó cuando sintió caer la lágrima. “Debe ser por el whisky”, pensó.
La espera lo había puesto realmente nervioso; no lo aparentaba, pero en su interior sus nervios hervían. Aunque no había nada que esperar, estaba esperando.
Juntó valor y tomó el arma. Comenzó a mirarla por todos lados, como revisando que no tuviese fallas, como jactándose ante si mismo de un conocimiento que no poseía.
Por fin se decidió y se apuntó el arma sobre la oreja derecha; entonces cambió de opinión y le pareció mejor dispararse por la boca, ya que recordó que por allí la bala no tendría que atravesar ningún hueso. Cerró los ojos, sin saber por qué, y sonó el teléfono.
Asustado por el inoportuno llamado, apretó el gatillo, y el golpe seco del martillo permaneció retumbando en su cabeza por largos minutos. El susto lo llevó también a inclinarse hacia atrás y caer al suelo.
Se quedó ahí, tirado en el suelo, un largo rato. Resonaba aún en su mente el metálico golpe. El teléfono ya no sonaba.
En su cabeza se entremezclaban con la claridad del beodo sus pensamientos: el disparo fallido, la botella rota, la lágrima, el engaño, el golpe en la nuca al caer, el ventilador en el techo girando incansablemente...
Se levantó penosamente, recogió, receloso, el arma que había dejado caer, y la volvió a revisar.
Cuando la abrió vio con asombro que había gatillado sobre una cámara vacía. Ahora ni recordaba cuándo había puesto la bala, así que no le extrañó el error.
Pero el disparo en falso lo irritó al extremo. Ahora tendría que comenzar todo de nuevo.
Enojado, como queriendo demostrarle quién era el que mandaba, arrojó el arma contra el escritorio, cuidándose de que no rompiera nada.
Insultando entre dientes acomodó la silla, y cuando se estaba por sentar volvió a sonar el teléfono.
Con una mezcla de enojo, confusión y desazón, todo fundido en un dolor de cabeza ya insoportable, se dirigió, rodeando torpemente los vidrios y el whisky, a atender.
Cuando atendió sólo pensaba en despachar con un insulto al inoportuno. Pero al levantar el tubo y escuchar la voz del otro lado se quedó sin palabras. Reconoció la voz inmediatamente, especialmente cuando dijo “te amo”. La voz continuó hablando y dijo otras cosas, pero él sólo escuchaba una y otra vez esas dos palabras. “Te amo”.

Colgó lentamente el teléfono. La voz aún hablaba del otro lado. Lanzó un largo y profundo suspiro. Miró la botella rota en el suelo. Volvió una y otra vez a las palabras en el teléfono. Detuvo la mirada en el revólver sobre el escritorio, lo tomó con la mano izquierda; lo abrió.
Ahí estaba la bala. Expectante. Una lágrima descendió por su mejilla derecha. Era una lágrima de aprobación. La última que saldría de él.
Abrió el cajón derecho del escritorio, sacó la caja de balas; la vació en la mesa, y cargó el arma.

domingo, 15 de febrero de 2009

De ornitorrincos y mamarrachos.

Lo anterior es un ensayo, una de esas pruebas sin mucho objetivo mas que el escribir algo; mas que el ejercicio. Es necesario, es vital para mantenerse despierto.
No importa que salga un mamarracho, especialmente porque son inevitables. Pero la mejor manera de evitarlos es mantenerse activo.
La actividad nos mantiene vivos y lúcidos.
Creo que me acabo de dar un tirón de orejas a mi mismo.