Me gusta mirar a la gente pasar... pasar y seguir de largo.
Suelo elegir bares de esquina; sentarme a tomar un café, sin nada en especial que hacer mas que mirar. Trato de elegir un lugar cerca de una ventana, lo mas cerca a la esquina posible, y me pierdo en esa continuidad interminable de vidas, tan distintas como parecidas.
Esta vez acompañé el rato con un capuccino con unos tostados de jamón y queso. El azúcar desaparecía lentamente, como pidiendo permiso, en la espuma mientras me terminaba el primer tostado.
Un hombre, alto, canoso, de unos cincuenta años se tropezaba en ese mismo instante del otro lado del vidrio del bar, con una baldosa rota en la vereda. Leí en sus labios el indignado insulto.
Un par de chicas jóvenes, casi adolescentes, cuchicheaban a pocos metros con la despreocupación de los que apenas pisan los veinte años. A un par de pasos dos señoras de mas de seis décadas comentaban, medio a los gritos, una película que acababan de ver. Me dejaron bien en claro, a pesar del ruido del tráfico y del vidrio que nos separaba, que no les había gustado demasiado. No estaba muy al tanto de las películas en cartel en ese momento, así que no supe de cuál hablaban, pero aparentemente la protagonista tenía cara de dopada todo el tiempo.
Las chicas ya no estaban. Las señoras se fueron. Pero la sucesión de caras, de gestos, de historias, siempre es infinita.
Una mujer cargaba a un chico dormido mientras llevaba una cartera desbordada, una mochila con demasiados kilómetros y cuatro bolsas de un supermercado con esa fuerza que solo una madre exhibe. Un chico de unos quince o dieciséis años, enfundado en un impecablemente blanco dobok de Tae Kwon Do, ensayaba unos pasos de baile, perdido con sus auriculares en un mundo mas allá de mis oídos, el cual adivino regido por ritmos lacerantes, dañinos en su repetición perpetua, mientras esperaba el semáforo para cruzar. Un grupo de cuatro jóvenes pasaron riendo vaya uno a saber de qué. Por el tono de las risas hubiera sido fácil adivinarlo, pero nada me provoca menos curiosidad, me intriga menos, que el amontonamiento de risotadas juveniles. Un anciano pasó lentamente, caminando apoyado en un andador, como obligando a fuerza de voluntad a avanzar a un cuerpo que ya no quería dar un paso mas.
El segundo sobrecito de azúcar se escurrió mucho mas rápido a través de la espuma, el primero ya había abierto el camino. En cambio el tercer y cuarto tostado pasaron a mejor vida a un ritmo cada vez mas lento.
¿Qué nueva historia doblará la esquina? ¿Hacia dónde iré, animado por la incertidumbre de la hoja en blanco?
Parafraseando a un clásico de la animación japonesa, "¿Y a dónde va lo recién escrito desde aquí? La red es vasta e infinita."
1 comentario:
Tus posibilidades son infinitas.
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