sábado, 29 de enero de 2011

¿Oyes al viento soplar?

Fabián no podía dejar de mirarlo. Tenía los ojos clavados en él. Pero él no se movía.
El flaco ese no se movía. Claudio le había partido una botella en la cabeza, y ahora estaba ahí tirado, y no se movía. Una botella de cerveza. Quilmes. La habían comprado dos cuadras atrás. Todavía le quedaba un poco cuando Claudio la hizo estallar en esa cabeza. Y ahora lo poco que quedaba se mezclaba con la sangre que salía de la cabeza.
Salía bastante. En el piso ya había mas sangre que cerveza; islas cristalinas que poco a poco desaparecían frente a esa marea roja que parecía desesperada por absorberlas.
La etiqueta de la botella se le había quedado pegada en la mejilla izquierda. Estaba al revés, entera, sin una marca. No entendía cómo había llegado ahí. Cómo no se había roto con la botella. Parecía que siempre hubiera estado ahí. En esa mejilla. Se acordó de la vez que en medio de una discusión su hermano Manuel le había tirado con un vaso de vidrio. ¿Por qué se acordaba de eso?
Se estaban gritando por alguna estupidez y en un rapto de furia Manuel había agarrado un vaso de la mesa (uno de esos vasos largos, de los que usaban para el Fernet) y se lo había tirado a la cabeza. En un principio no recuerda haber sentido nada, estaba tan enojado que ni siquiera había sentido el golpe. Y a esa altura de la noche y de las botellas ya no tenía los reflejos para esquivar nada. Recién notó que pasaba algo extraño cuando el ojo derecho se le empezó a teñir de rojo; su ojo izquierdo no había sufrido cambios, pero por el derecho veía todo rojo. Terminó de reaccionar al pasarse la mano por el ojo. Y al ver a su hermano, que aún estaba parado del otro lado de la mesa, con su ojo izquierdo lo notó un poco pálido. Tres puntos en la ceja derecha. Nada grave.
Desde ese día, a veces, aún hoy cinco años después, siente que su ojo derecho vuelve a teñirse de rojo. Esa sensación de un mundo rojizo le quedó grabada en el cuerpo.
Sin embargo en el piso la sangre parecía casi negra. Le seguía saliendo de la cabeza. Desde el parietal izquierdo. Tenía la cabeza abierta, se veía a simple vista. Seguía sin moverse. Tenía puesta una remera negra de Led Zeppelin. En la espalda (que es lo que ahora podía ver) tenía la letra de una canción. Comenzó a leerla y se detuvo en el mismo punto de siempre. “There's a feeling I get when I look to the west”.
“Tiene el oeste en su espalda”, pensó. “Igual que yo”. Era el origen, el lugar de partida. ¿Lo sería también para él?
Claudio seguía con media botella en la mano. Estaba rota, rajada, y de la mano le chorreaba su sangre. Era del mismo color que la del tipo que estaba tirado. Era del mismo color que la suya. Pero Claudio no lo miraba al flaco en el piso, se miraba la mano. Y repetía “mierda” una y otra vez. Cómo si esa fuera la única palabra que le quedara. Nunca había sabido demasiadas, hay que reconocerlo, pero ahora sólo le quedaba una. No es lo mismo olvidar que perder. Y Fabián estaba seguro que Claudio las había perdido.
Al tipo tirado se la había salido una zapatilla, tenía unas Topper de lona, rojas, muy gastadas, pero sólo tenía puesta la del pie izquierdo. La otra se encontraba sobre el techo del auto que estaba estacionado en la calle, frente a ellos. La zapatilla estaba a dos metros de su pie. Parecía estar observando la escena. De frente, con los cordones atados, con un nudo y un moño bastante prolijos. Parecía que los observaba con los brazos cruzados. No entendía cómo había llegado ahí. ¿Cómo se le había salido del pie estando atada? No tenía la menor idea, pero estaba arriba del techo del auto, y sin duda esa zapatilla era de ese pie.
El tipo seguía quieto. Tenía un anillo en el dedo anular de la mano izquierda. ¿Tendría hijos?
Gabriel intentó revisarle los bolsillos del pantalón, pero Claudio lo corrió de un grito. “¡Mierda!”, gritó levantando la mano ensangrentada. Gabriel dijo que era para ver quién era, para llamar una ambulancia, pero no insistió.
Nadie se acercó a ellos. No había nadie en la calle. Ni un alma.
Un gato salió de debajo del auto de la zapatilla. Un gato pardo, de ojos brillantes y astutos. Se detuvo y los miró. A todos y de a uno por vez. Cuando lo miró a los ojos Fabián creyó que se desmayaba. Lo miró como nunca nadie lo había mirado jamás. Sintió la mirada como un golpe; lo sintió en la ceja derecha. Cerró el ojo por reflejo, y al re abrirlo medio mundo se le había vuelto rojo. Rojo sangre. Sacudió su cabeza, como tratando de sacarse de encima algo, al tiempo que Claudio echaba al gato de un grito.
El rojo desapareció. El suyo, porque el del piso seguía ahí; y cada vez mas negro.
Ya no recordaba que hacían ahí. ¿Por qué estaba ahí y no en su casa con su familia? ¿Por qué ninguno estaba con su familia? Los tres tenían; seguramente los cuatro. Ya no tenían veinte años para estar a esas horas dando vueltas. ¿Qué estaban haciendo? Realmente no lo recordaba.
No recordaba que el tipo hubiera hablado. No tenía idea por qué Claudio lo había golpeado.
De repente le pareció que el tipo se había movido. Se quedó duro mirándolo, esperando. Vibró. Y movió la mano izquierda. Y Claudio pegó el chillido mas infantil que había escuchado en su vida. No era su voz, chilló con una voz absolutamente ajena a cualquier persona adulta. Soltó la botella y se llevó las manos a la cara.
Fabián y Gabriel miraban al tipo en silencio. Poco a poco se fue incorporando. Cómo si estuviera re ensamblando su cuerpo en cada movimiento.
Hasta que se irguió completamente. Tenía la cara totalmente ensangrentada, al igual que la remera negra. Se refregó los ojos, y se dio cuenta que le faltaba una zapatilla. La vió sobre el auto, la agarró, la desató y se la puso.
Ni se dignó a mirarlos. Claudio ya no chillaba, pero había vuelto a repetir una y otra vez “mierda”.
El tipo les dio la espalda y bajó a la calle, miró hacia los dos lados y tomó hacia la derecha. Y se fue caminando, medio en zigzag y aún con la etiqueta pegada a su mejilla.
Lo siguieron con la mirada hasta la esquina, lo vieron continuar caminando sin mirar el semáforo, y vieron como un taxi lo levantaba en el aire cuatro metros. Y como caía del otro lado de la calle.
“Vayámonos”, dijo Gabriel. Agarró a Claudio del brazo y lo arrastró. Fabián seguía mirando hacia el lado del tipo, pero no miraba al tipo, miraba dos puntos brillantes que estaban en la esquina opuesta del accidente. El gato aún lo miraba. Fijamente. Y él no podía dejar de mirarlo, le dolía pero no podía evitarlo. Hasta que el gato lo liberó, dio media vuelta y desapareció doblando en la esquina.
Fabián se estremeció levemente y, a paso lento, tomó el camino de vuelta a su casa.
Y en su cabeza resonaba aquél estribillo: “Sometimes all of our thoughts are misgiven. Ooh, it makes me wonder, ooh, it makes me wonder. ”.

No hay comentarios.: