Retrocedió lentamente, muy lentamente. Esos pocos metros le parecieron infinitos.
Cuando se detuvo pasó por su mente, como una ráfaga, una imagen de su niñez. Estaba sentado a la mesa en el comedor de su casa cenando. Su hermano Gabriel estaba a su lado, riéndose de alguna broma, no recordó cuál, pero no le importó. Enfrente suyo estaban, como siempre, Carolina, Silvia y Javier, sus otros hermanos.
Al lado suyo podía ver a su madre sirviendo, cansinamente, la comida.
Lo irritó el desprecio de Javier hacia la comida, y mucho mas aún cuando vió la expresión en el rostro de la madre. Sus ojos estaban húmedos.
Volvió a mirar a sus hermanos, y al recorrer la mesa se topó con una figura que no había percibido antes.
Esta vez las lágrimas las tuvo que contener él. Ahí, en la cabecera de la mesa estaba su padre. Hacía mucho tiempo que no lo veía.
Estaba dormido; dormido en la silla. Cuando la madre lo vió lo sacudió discretamente, intentando que sus hijos no lo notaran. Él si lo notó.
Su padre se despertó y respondiendo al estímulo, mecánicamente, agarró el tenedor y empezó a comer.
Descubrió en el rostro del padre el retenido gesto de desagrado al probar el primer bocado, y también la forzada sonrisa que le dirigió a su mujer al probar el segundo.
No percibió sonidos ni olores, sólo imágenes.
Vió a sus hermanos riendo. A los padres intentando meterse en las bromas de sus hijos, como tratando, inútilmente, de zambullirse, o aunque mas no sea mojarse un poco los pies, en la ignorancia, en la inocencia, de ellos.
Pero él notó que no lo lograban. Cada sonrisa parecía quitarles, poco a poco, sus energías, o quizás simplemente ya no tenían.
La madre tuvo que volver a sacudir a su esposo, que se había vuelto a quedar dormido en la mesa.
En cuanto terminaron de comer su padre se fue a su habitación y no lo volvió a ver por esa noche.
Su madre desocupó la mesa y se quedó lavando los platos en la cocina.
Él y sus hermanos se fueron a la pieza a jugar.
Se recordó entonces yendo a buscar un vaso de Coca Cola, y al entrar en la cocina escuchó (sólo percibió esa voz), y vió a su madre llorando sentada en un banquito en la cocina.
Se acercó y le preguntó, sollozando, “¿Qué pasa má?”, y ella limpiándose la cara, y con una esforzada sonrisa, le contestó “Nada Lucas, no pasa nada, vos no te preocupes”.
En ese momento escuchó el sonido que estaba esperando y comenzó a avanzar.
Dió unos rápidos pasos y pateó con todas sus fuerzas.
Y pudo ver como, velozmente para todos los demás, en una eterna cámara lenta para él, volaba por el aire hacia su meta, y se estrellaba implacablemente contra el estoico e insobornable travesaño, la pelota.
Mas al oeste que el Oeste, mas allá de la tierra, mi gente está danzando, en el otro viento...
lunes, 11 de febrero de 2008
Tiempos de gloria.
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1 comentario:
Ahora puedo entender a algunos jugadores, muchas veces me pregunté en que estaban pensando antes de patear un penal. Miriam
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