Estaba parado en la esquina. Miraba hacia arriba, fijamente. Tenía ambas manos en los bolsillos delanteros del pantalón. Era un pantalón de jean, gris claro, gastado, que había conocido mejores épocas. Denotaba el uso. Seguramente era su pantalón favorito.
La remera, bordó, era nueva, lisa, de mangas largas.
Estaba descalzo. Y curiosamente tenía los pies limpios. No parecía haber llegado caminando.
Algunos lo miraban al pasar, pero nadie le daba mayor importancia.
Tato, el diariero de la esquina de enfrente decía que cuando abrió el kiosco ya estaba allí. Y que no se había movido desde entonces. Eran las tres de la tarde.
A eso de las cinco, cuando estaba cerrando, decidió cruzarse.
- Hola - inquirió tímidamente.
- ...
- Hola – insistió.
- ...
- ... soy Tato, el diariero de acá enfrente, ¿usted es... ? - insistió.
- ...
No dijo mas, se llevó el dedo índice derecho sobre la oreja y le hizo un gesto a Hugo, el encargado del edificio de la esquina. Hugo respondió tan sólo levantando los hombros.
A la mañana siguiente cuando llegó a abrir el kiosco, él seguía en la esquina. Exactamente en la misma posición. Apenas un poco mas despeinado de lo que lo recordaba.
Pasaron las horas. Amaneció. La calle comenzó a cargarse de autos, de gente las veredas. A eso de las ocho un par de pibes se le acercaron, le hablaban muy de cerca. Tato creyó ver que le revisaban los bolsillos. Se acercó a la esquina y los espantó con unos gritos. El diariero era un hombre corpulento, de aquellos que intimidan con su sola presencia. Totalmente calvo, con una tupida barba de un gris oscuro. Alto, no era gordo, pero tampoco delgado. Dejaba notar que alguna vez había sido deportista. Tenía ese manejo del cuerpo que sólo los que practicaron o practican intensamente deportes tienen. Transitaba tranquilamente el final de la década de los cuarenta.
Los pibes estaban vestidos con el uniforme de algún colegio privado. Evidentemente habían decidido que ese día tenían algo mas importante que hacer que concurrir a clases. Pero era muy temprano como para arrancar mal el día, así que dejaron al tipo de la esquina y se fueron insultando a Tato a los gritos.
Casi todos los clientes habituales del kiosco le hicieron algún comentario del tipo. Para el mediodía del segundo día ya habían sido unos cuantos los que se le acercaron a intentar sacarle alguna palabra. Todos obtenían el mismo resultado: silencio absoluto.
Irma, la del kiosquito de enfrente, creía que estaba muerto.
“Se murió parado”, dijo muy confiada, “con los ojos abiertos”. “Ya debe tener rigor mortis, por eso no se mueve”, aseguró con la erudición del que mira muchas series de televisión.
“Para mi que es de algún programa de tv, de esos que hacen bromas pesadas”, dijo otro al pasar. “¿Alguien lo vió comer algo?”, preguntó Carlos, un vecino de un edificio de mitad de cuadra. Nadie lo había visto hacer nada en estos dos días.
Como todos los días Tato cerró a las cinco de la tarde. Cruzó la calle, pasó frente al tipo, lo saludó amablemente, y siguió su camino sin esperar respuesta.
Al otro día seguía todo igual. Abrió el kiosco como siempre desde hacía diez años poco antes de las seis de la mañana y se quedó un momento, mientras tomaba un mate mirando al tipo de la esquina. Todo seguía igual.
Se sintió frustrado. La sensación de incertidumbre frente a la que se encontraba desde hacía un par de días se estaba desvaneciendo. Ya lo empezaba a ver como un punto mas en su rutina diaria. Rutina que había buscado diez años atrás, buscando algo de paz, algo de calma en su irregular y atribulada vida.
Pero ahora, luego de diez años, sentía que se había secado. Que la rutina se lo había comido y sólo quedaba una sombra de aquél hombre. Una sombra gris y desilusionada. El tipo de la esquina le había devuelto momentáneamente la ilusión. La ilusión de la sorpresa de lo raro o distinto. Pero sólo parecía haber sido eso, una ilusión.
Pasó ese día. Y otro. Y otro. Y otro.
El tipo seguía ahí. Inmóvil. Ya no estaba tan limpio. De hecho ya no lo estaba para nada. Y se lo notaba mucho mas flaco. El cuarto y el quinto día había llovido un poco, seguramente había tragado algo de agua, si no no se entendía como seguía con vida.
Todo siguió igual ese día.
Se cumplía una semana desde que apareció el tipo de la esquina. Y nada, a excepción de su apariencia, había cambiado.
Se sobresaltó al escuchar a Graciela, la del 3º B del edificio que estaba frente al kiosco. Mitad porque siempre que ella le hablaba se sobresaltaba (esa mujer era capaz de cortarle la respiración a uno con sólo mirarlo), y mitad porque le dijo algo del tipo de la esquina que Tato no llegó a comprender. Salió del kiosco para ver de que le hablaba y cuando miró lo que ella veía se quedó paralizado.
Miraba al tipo de la esquina. Estaba exactamente igual que siempre... Bueno, no exactamente, ya que parecía estar flotando a unos diez centímetros del suelo.
La gente comenzó a agolparse en las esquinas. Ninguno se le acercaba.
Tato cruzó, algunos pocos lo siguieron primero, después lentamente se les fueron sumando mas y mas personas. El tipo seguía sin hablar, no respondía. Ni siquiera los miraba.
Ahora parecía estar un poco mas alto. Poco a poco se fue elevando hasta quedar con los pies a la altura de las cabezas curiosas. Permaneció así por unos breves minutos y en un segundo, repentinamente, salió volando en línea recta hasta desaparecer de la vista de todos.
Se quedaron mirando, incluso cuando ya no se lo veía, en silencio. Un leve primero, luego intenso e incomprensible murmullo comenzó a apoderarse de la esquina. Tato no dijo nada. No tenía nada que decir, sólo que hacer.
De golpe se sintió libre del desánimo que lo había invadido los últimos días. Ahora se sentía inesperadamente tranquilo, en paz, con la mente clara y decidida por primera vez en años.
"La vida no espera" se dijo para sí mismo.
Volvió a su kiosco, entró y puso a calentar agua para el mate. Se sentó a esperar. Se alejó mentalmente del bullicio que le llegaba desde la esquina de enfrente y comenzó a despedirse en silencio del kiosco de diarios. Ese iba a ser su último día ahí.
2 comentarios:
Mierdra! que bien que escribís -_-
No sé si tomarlo como una burla o un cumplido... ¬¬
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